lunes, agosto 07, 2017

Le agarraba del cuello y se entristecía.
Sus ojos le pedían compasión por estar tan perdidos. No le importaba.
Rozaba sus labios como quien acaricia una joya valiosa, un cuadro seco recién pintado, algo bello.
Se entristecía cuando le demostraba que era suya, porque él no podía poseerla. Y si no podía él, ¿quién iba a hacerlo? ¿Cualquier triste alma a la que no le importara una entrega previa?
Las huellas de un amor inquebrantable como arañazos en su espalda. Promesas en bajito de esas que nunca se dicen pero siempre se recuerdan.
La absorbía ininterrumpidamente, no había detención, no había tiempo. Ella le rogaba más amor a cambio del dolor posterior.
La miraba durante horas como quién mira algo importante los segundos previos a que pase a ser una pérdida.
La besaba y lloraba.



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