domingo, septiembre 03, 2017

No saber donde nos hallamos, 
en qué punto, qué lado, qué parte. 
Ignorar totalmente el norte, 
a sabiendas de estar perdidos. 

No saber donde estamos, 
mientras nos miramos descaradamente,
mientras la electricidad crece. 
Mientras nos rozamos. 

No saber qué esperan, 
cuando nos dicen que confiemos.
Pero tú y yo nos miramos de reojo, 
van a destrozarse y no estaremos delante. 

No saber que seremos tú y yo, 
los que se libren de toda esa mierda, 
los que construirán a base de música otra casa. 
Nos rogarán compasión y ayuda. 

No saber que se abandonaran a sí mismos, 
cuando se den cuenta de sus errores. 
De que nos tomaron por locos, 
cuando nos forzamos a ser exigentes. 

No saber donde ha quedado todo, 
todas las tragedias que nos prometieron. 
Porque gracias a que lo hicimos, 
nunca seremos unos infelices como ellos. 


Odio la prepotencia, hasta cuando la padezco. Eso o algo similar. Es en esas veces que me siento vacía, que caigo. Caigo porque reclamo una atención que no es mía. Y por el hecho de que no es mía, se convierte en innecesaria. Ahí paso de prepotente a egoísta, pero esa lucha ya la tengo mejor formada. Lamentablemente requiero una atención constante que nadie sabe brindarme, ni siquiera yo misma. Bienvenidos a los grandes problemas de la exigencia. Quiero atención, la pido, la ruego, intento mantenerla, pero luego no la quiero, la rechazo porque me doy cuenta de que no merece mi tiempo. Claro está que es algo nunca explico. Cómo le comentas a alguien que no lo consideras digno de tu tiempo, aunque sea la puta verdad, cómo lo dices sin infravalorar a nadie. Aún siendo consciente de que lo voy a seguir haciendo mal, lo hago. Y, aunque me pese decirme esto a mi misma, yo también me odiaría.

lunes, agosto 07, 2017

Le agarraba del cuello y se entristecía.
Sus ojos le pedían compasión por estar tan perdidos. No le importaba.
Rozaba sus labios como quien acaricia una joya valiosa, un cuadro seco recién pintado, algo bello.
Se entristecía cuando le demostraba que era suya, porque él no podía poseerla. Y si no podía él, ¿quién iba a hacerlo? ¿Cualquier triste alma a la que no le importara una entrega previa?
Las huellas de un amor inquebrantable como arañazos en su espalda. Promesas en bajito de esas que nunca se dicen pero siempre se recuerdan.
La absorbía ininterrumpidamente, no había detención, no había tiempo. Ella le rogaba más amor a cambio del dolor posterior.
La miraba durante horas como quién mira algo importante los segundos previos a que pase a ser una pérdida.
La besaba y lloraba.



Sonríes. 
Nadie lo sabe. 
No se lo imaginan. 
No se imaginan lo que duele. Ya nadie te ve realmente cuando te mira a los ojos. Te quedas un poco parada ciertos momentos pero enseguida alguien te chasquea los dedos y vuelves. No saben que las has pasado putas para quitarte el rojo de los ojos, de la noche de llorera que te pegaste ayer mientras escribías. 
Nadie sabe, que se te ha partido un cachito de corazón que estás intentando reparar por todos los medios y no puedes. Quieres que te cuiden, te reparen, te enseñen a ver otra vez las cosas. Y aunque desesperadamente busques a alguien que se de cuenta de la guerra y de los gritos que hay en tu pecho, nadie lo hace. 
Porque nadie sabe que estás fingiendo, que se te están quebrando las ganas de todo. Que estás intentando suplirlo con la inocencia de los que no saben que hay dolor más allá de las cosas, y ni aún así puedes. Que solo hay un par de personas y tu familia que te han llenado estos días. 
No son capaces de ver que te estás cerrando la puerta, ya no hay luz en tu habitación. Porque todo sigue normal. Porque has seguido adelante. Porque lo estás apartando. 
Porque no le piensas. 
No se lo imaginarán. 
Nadie lo sabrá nunca. 
Nadie sabrá de tu victoria si ganas la guerra, y si la pierdes, nadie sabrá por qué la has librado. 
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