lunes, marzo 09, 2015

El ritmo. El que sigue mi cuerpo junto al tuyo. Y no hay temperatura, ni presión. Tus pestañas largas que no llegan a rozarse, porque ni siquiera parpadeas. Porque tu compás es el mío, y viceversa. Porque tus ojos se introducen en mi mente como si realmente hablaras. Y el roce hace miles de chispas, que originan esa corriente continua que nos producimos al estar así. Bailando, tocándonos. Y lo más interesante es que esta vez no nos miran, ni nos escuchan. No nos escuchan como nos suplicamos el uno al otro. Como planeamos una dulce huida de este club. Salir a bailar contigo los sábados y que las noches sean eternas. Y que ni siquiera nos gusta el vodka. Caminar con el supuesto frío que deberíamos sentir al cambiar de bar. Ir por en medio de la carretera agarrados y felices, sin preocuparnos. Movernos a un ritmo que nadie entiende, menos nosotros. Y luego volver y dormir, y fingir para ellos que somos normales. Que también fingimos el deseo como ellos, que solo nos damos la mano por cortesía. Aunque mientras hablan de los bien que les va, ninguno estamos escuchando. Tú estás pensando en besarme en el callejón de atrás, y yo en tu dulce aliento con la cerveza del siguiente bar. 
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