jueves, noviembre 20, 2014

Hoy he pasado por tu calle, y tu ventana estaba abierta de par en par. Pero no me he atrevido a gritar, por sí no querías verme. Así qué me he quedado mirando. Recordando como te asomabas como sí te acercaras al vacío. Nunca entendí porque lo hacías. Te acercabas a borde poco a poco, un poco más en cada calada. Y a veces ibas tan fumado que no controlabas el espacio, y te asustabas cuando ya estabas con la cabeza fuera. Y yo aguantaba, lo suficiente hasta que subías la segunda pierna. Nunca llegaste a sentarte en el alféizar de la ventana, pero te sobraban las ganas. Y te quejabas de que nunca te dejaba alzarte, que lo impedía siempre. Hasta que me gritaste y te dejé. Poco a poco, despacio, te sentaste en aquel pequeño barranco de un séptimo. Con tu fuego liado en papel en una mano, y mirándome a mí, y a la botella. Y me senté a esperarte. Y a los minutos, ambos desistimos. Yo, porque no soportaba verte tan cerca y tan lejos, a punto de tirarte. Y tú, como dijiste, porque aún con muchos metros de caída, no sentirías la adrenalina que sentías conmigo. Y ahí lo entendí, te sentabas para ver sí era verdad. Y yo esperando, que injusto. 
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