sábado, abril 26, 2014

Me deslizaba por el césped mientras el sol bañaba mi piel. Me movía como un pájaro al viento. Sintiendo cada golpe de la música en mí. Bailaba mientras huía de lo que la luz podía hacerme. Parecía como si el sol siguiera mi cuerpo desde el cielo. Paré jadeando. Al otro lado del jardín estaba él. Ambos nos acercamos. Me elevó y me dejó en el suelo. Giramos juntos. Un único compás. Me agarraba de la cintura y me pasaba por su espalda. Me levantaba por el aire y me lanzaba sin dejarme caer. Me agarraba fuerte pero con ligereza, haciendo que cada movimiento fuera un respiro. Que cada vuelta que daba y cada paso que ejecutaba fueran un suspiro. Hacía todo ligero como si fuéramos el viento danzando al ritmo de una estúpida canción. A veces paraba y me soltaba. Entonces yo elevaba los brazos y volvía la cabeza entonando la canción. Entonces corría hacia él y me lancé. Me cogió de la cintura y me lanzó hacia lo más alto. Estiré las piernas y cuando caí el me agarró más fuerte que nunca. Me sostuvo con una mano y me hizo girar. Hasta que frenó y me quedé frente a él, sonriendo.
Cuando abrí los ojos estábamos en el escenario del teatro, la gente aplaudía, levantada de sus sitios. Supongo que ellos también lo habían sentido.
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