lunes, octubre 14, 2013

Caminaba aturdida y despierta detrás de mis gafas de sol. Mi jersey dejaba asomar un hombro, y mi cigarro dejaba escapar miedo. Mis tacones resonaban como un eco propio de mi mente. El cigarro se consumía entre mis manos y yo le pedía que continuara allí. Él me miraba desde el otro lado de la carretera. Me observaba con gracia, mordiéndose los labios. Crecía fuego en sus ojos cada vez que se daba cuenta de que lo hacía lo mismo. ¿Que extraño, no?. Caminaba deprisa, a su paso. Él se giraba traviesamente a mirarme con media sonrisa y las manos en los bolsillos. ¿Qué clase de juego era aquel? No sabía que clase de sentimientos sobrevolaban el aire, pero eran intensos. Ralenticé mis pasos y me detuve en un paso de cebra mientras me pintaba los labios. Levanté la mirada tímidamente sobre el espejo, y ahí estaba él mirando divertidamente, seguía allí. Cuando el semáforo se puso en verde, el cruzó y yo me quedé quieta como estaba. Observaba cómo se acercaba, sonriendo. Y cuando llegó, me arrebató el cigarro que yacía casi inerte entre mis dedos, y le dió un calo. Expulsó el humo hacia mi sin apenas tragárselo. Y yo, no podía apartarme. No podía apartarme de esos ojos, ni de ese humo que se adentraba en mi. Ambos nos reímos sin más, simplemente risa. Y nos fuimos a la cafetería más cercana, sin decidirlo, por necesidad. Y, mientras él me robaba el cigarrillo, seguía mordiéndose el labio inferior, y yo seguía perdiéndome.

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