miércoles, noviembre 05, 2014

Sus ojos, joder. Oscuros, claros, no sé. Pero miraban. Y vaya que sí miraban, casi aplastaban. Una ferocidad bestial contenida en sus pupilas, dilatadas, cansadas de hablar. Y una sonrisa que dejaba hueco en el alma. Amarga y fría. Tan hiriente y peligrosa. Y así era él. Pero no, no creáis que era sólo una mirada y una sonrisa. No, para nada. Lo era todo. Una oscuridad radiante que nadie veía. Algo que daba curiosidad, miedo, ambas, o ninguna. Era tan extraño y sencillo. Y sus tatuajes, sus segunda piel. Una piel empapada en tinta y en significados. Palabras, dibujos, historias, todo. Su pelo negro y raro. Un corte simple y terrible. Y su ciudad. La ciudad que creaba su cuerpo, su ropa, su voz, su música. La ciudad llena de vida que el creaba. Él era tanto un callejón como una jodida farola. Tanta luz como negro, como todo, todo opuesto. Vagaba por ahí, como una ciudad solitaria y necesitada. Y joder, con él la oscuridad si que era bonita, joder, lo era. 
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