lunes, febrero 25, 2013

Construíamos castillos de arena en playas solitarias. Dejando rastro en el sonido de las olas, tranquilamente. Sin preocuparnos lo que las rocas nos dirían. Eran miles de olas las que pasaban por nuestros pies, queriendo llevarse un trozo de nosotros. Exprimíamos cada segundo de las horas, dejándonos huellas. Era la historia de miles de palabras en apenas unas sílabas. Y nunca nos decíamos lo mismo. Siempre teníamos algo diferente asomando al pie de nuestros labios. Decidíamos dejarnos el uno al otro con ganas de más. Para poder subirnos encima del tiempo, y burlarnos de él. Nos inventábamos viajes eternos a lugares remotos. Queríamos ser más altos que la Torre Eiffel. Llegábamos a la cima de nuestra propia y única montaña. Y nunca nos quejábamos de los pocos límites que nos proponíamos. Sabíamos que nada era para siempre, y quizás fuimos unos de los pocos que no se juraron amor eterno. Jugábamos a ser Romeo y Julieta enterrados en la arena. Dividíamos el tiempo en pedazos. Creábamos nuestra propia medida para nuestro amor. Tripulábamos barcos sentados en la orilla. Nos drogábamos con besos, con cuidado. Hablábamos en otros idiomas estúpidos pero nos entendíamos. Encendíamos fuego en agua, porque éramos nosotros.
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