martes, septiembre 20, 2016

Me prometo a mí misma que no tengo la culpa cuando lloro, para sentirme mejor. Aunque todo el mundo se empeñe en echármela, sin dejarme levantar cabeza. Me parece tan injusto que me tenga que sentar a escribir todo lo que pienso, porque no me quieran oír donde he crecido. Cuando las familias se destruyen, no suele ser culpa de nadie, aunque en ocasiones se vea claro. He estado en medio viendo como las diferencias crecen entre los dos lados de mi vida. Y siempre me he callado. Jamás he hecho dramas, ni siquiera cuando lo esperaban, ni siquiera cuando han querido apoyarme, y por eso no he sido desgradecida, solo he querido ahorrar tiempo. Vivo en el blanco y el negro, simultáneamente, y a ninguno etiqueto como malo o bueno, incluso aunque viva con los pies más centrados en uno de ellos. Suena tan alto cuando algo frágil se rompe, hace tanto ruido, que a veces es insoportable. Se repite una y otra vez, hasta que te deja dormir siete noches. Así, a la octava me duermo, prometiéndome que no es mi culpa cuando lloro y no me suelo sentir mejor.
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